Morí una vez, morí siendo consciente de que moría, traté de ganar terreno, arañando milímetros para estar mas cerca de la muerte, pero la vida engancha.
Pero creo que no debí morir mucho, o quizá no le di toda la importancia que requiere el acto, pero el caso es que no ocurrió nada fuera de lo normal, si me acuerdo que no tenía fuerzas, que quería descansar, los párpados pesaban demasiado y la visión periférica se fue reduciendo, como cuando te mareas mucho, bueno, me imagino que en el cuerpo pasa algo parecido, será falta de sangre o de oxigeno en el cerebro.
De todas las experiencias de la vida, el momento de la muerte debe ser el mas intenso, debe ser un miedo enorme, angustia, soledad, quizá arrepentimiento, quizá placer, ahí estás tú solo, vas a ser tu quien mueres, no hay apoyo de tus seres queridos, mejor dicho, quizá si lo hay pero de poco sirve.
Y cambia mucho la cosa si estás preparado, rectifico, dudo que un cerebro humano pueda estar plenamente preparado para dejar la vida, pero me refiero a que podría ser previsible, seguro que tratamos de comprender algo
Pero si no hay preparación, estás tan tranquilo y de pronto tu corazón deja de funcionar, no sabes qué pasa pero te vas, te vas, te fuiste. ¿qué pasa por la cabeza?
De modo que nunca será algo esperado, aún si tienes fecha y hora para la pena capital, es el momento, en instante el que no se avisa, uno sabe que se está mareando por las sensaciones, por que nos hemos mareado otras veces, pero la vida no nos enseña el momento de la muerte.
De saber el momento podríamos aprovecharlo, si sabemos exactamente el punto de “no retorno” podemos sentirlo de un modo mas intenso, será como subirse en la montaña rusa mas desconocida del mundo, puedes hacerlo lleno de terror, cerrar los ojos y pasarlo mal o emocionarte, jugar con la adrenalina y el miedo, levantar los brazos.
Total, el trayecto tendrá un fin.